¿En qué se basan los diferentes tipos de Dietas?


 

Cientos de millones de personas en el mundo padecen sobrepeso. De ellos, buena parte son obesos. Algo que implica un evidente riesgo para la salud que no parece tenerse en cuenta suficientemente. Porque el sobrepeso y la obesidad suelen conllevar casi siempre exceso de colesterol y alta tasa de triglicéridos con la consecuente mala circulación, obstrucciones en venas y arterias, arteriosclerosis e hipertensión que frecuentemente desembocan en dificultades circulatorias, problemas cardiovasculares y hemorragias cerebrales. Todo ello sin mencionar los condicionamientos que genera a quien padece el problema tanto de carácter físico como emocional y psíquico.

El ayuno es un verdadero “tratamiento de choque” no puede prolongarse demasiado en el tiempo porque se pierde también masa muscular. Es decir, al no poder utilizar el organismo más que la grasa acumulada para mantenerse, la falta de glucosa que aportan los hidratos de carbono (imprescindible, entre otras cosas, para el funcionamiento del cerebro) lleva al cuerpo a tener que consumir proteína propia a fin de paliar el problema. Paralelamente, si el ayuno es prolongado y no se aporta nitrógeno proteico externamente desaparecen los aminoácidos, tanto esenciales como no esenciales. Ello lleva al organismo a reducir al mínimo la funcionalidad del intestino, a disminuir la actividad física e intelectual y al cese de la termogénesis adaptativa (por eso se suele sentir a veces frío). Por supuesto, si el ayuno se prolonga en exceso la falta de proteína llevaría al coma y a la muerte.

Es por eso que de ninguna manera se debe someter al organismo a sufrir esta tortura promovida al realizar un ayuno prolongado.

La práctica totalidad de las dietas útiles pueden encuadrarse en media docena de métodos. Veámoslos de forma breve advirtiendo, en todo caso, que existen otras clasificaciones más técnicas -y discutibles en mayor o menor medida- para agrupar todas las existentes. Nosotros, vamos a centrarnos en las que “funcionan”.

LA DIETA VEGETARIANA

No se puede comer ni pescado ni carne. Las frutas, los frutos secos, las verduras y las hortalizas es preferible comerlas crudas. En caso de cocerlas, hacerlo a baja temperatura (a unos 70º). Y no abusar de ellas. No freír los alimentos; y de hacerlo, con poco aceite. Ayunar una vez por semana.

Beber sólo agua durante esas 24 horas. Comer despacio, masticando y ensalivando bien los alimentos. No beber nada fermentado. Y tomar al menos dos litros de agua diarios. Sustituir el pan blanco por el integral, el azúcar blanco refinado por miel o azúcar negro y los cereales descascarillados por los integrales. Renunciar a las sustancias estimulantes como el alcohol, el café, las especias picantes, la sal y los huevos. Evitar los alimentos enlatados y los que contengan ingredientes sintéticos. Descartar las bebidas gaseosas y no naturales prefiriendo zumos de fruta fresca y jugos vegetales. Es decir, más que una dieta se trata de una filosofía de vida. Comer así implica un aporte calórico bajo y, por tanto, la pérdida de peso es segura si no se abusa con la comida. El único problema que puede presentarse es la falta de proteína si bien puede resolverse mezclando cereales con legumbres. O la falta de vitamina B-12, lo que se resuelve tomando algas.

En cualquier caso, es más aconsejable que la dieta fuera ovolacteo-vegetariana. Es decir, que se incorporasen a la dieta tanto los huevos como la leche y sus derivados. Entonces esos problemillas desaparecerían. Ahora bien, deben seguirse las normas indicadas; de lo contrario, puede incluso engordarse. Porque hincharse a comer frutos secos, fruta -especialmente aguacate o plátano-, legumbres o queso puede llevar también a la obesidad.

LAS DIETAS DISOCIADAS

No buscan limitar el aporte energético al organismo sino ocasionar una disrupción de los mecanismos funcionales que impida aprovechar eficazmente los nutrientes obligando así al cuerpo a utilizar sus reservas de grasa. Lo que se consigue mediante la disociación de alimentos, es decir, no tomando en la misma comida proteínas complementarias o glúcidos y lípidos juntos. Son muchas las dietas disociadas que existen.

LAS DIETAS HIPOCALÓRICAS

Son las más numerosas y en ellas se basan casi todos los regímenes personalizados de los expertos en Nutrición porque pueden hacerse equilibradas. La idea es ingerir diariamente menos calorías de las que se consumen. Se basan, pues, en contar calorías por lo que en realidad cada uno puede fabricarse su propia dieta. Sólo hay que hacer que la suma total de lo que se come no exceda las 1.000-1.400 calorías (hay muchas tablas con las calorías que tiene cada alimento por kilo). Y funcionan… durante un cierto tiempo. Porque en cuanto el organismo iguala el consumo energético a la ingesta -lo que hace sin mayores problemas- uno deja de adelgazar. Y el problema es que en cuanto el sufrido paciente vuelve a alimentarse normalmente suele volver a engordar y recuperar lo perdido.

LAS DIETAS CETOGÉNICAS

Son las que eliminan los glúcidos o hidratos de carbono de forma total o parcial -en este caso disociando su ingesta- para obligar al organismo a utilizar las grasas -propias o de la ingesta- para fabricar la glucosa. Las más conocidas La dieta de Atkins y La dieta de Montignac. Se basan en eliminar totalmente durante el periodo de adelgazamiento los glúcidos o hidratos de carbono permitiendo ingerir todo lo demás.